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Artículo de Opinión

18/02/2010

El Disfraz del Carnaval

Recuerdo en mi niñez, las calles alfombradas por los papelillos y serpentinas, que entre unos y otros nos arrojábamos, a los sones de un alegre y sinfín de coplas y estribillos, propio del bullicioso ambiente carnavalero. Un ambiente que contagia al que lo vive, y que al gaditano impregna desde el mismo momento que nace, y acostumbra a dormirse entre los sones de pasodobles y tanguillos, que brotan de los labios de una madre. Era y continua siendo, el imborrable sello que el gaditano hace suyo hasta morir. Es por así decirlo, la dedicación personificada en cuerpo y alma, sin principio ni final. Es el sueño que se repite cada año, en ese bendito mes de febrero; cuya magia es capaz de mantener despierto, durante todos y cada uno de los días del año, el arte del que todo hijo nacido gaditano, con sentimiento carnavalero es poseedor. Es el mismo que llegado ese momento, necesita dedicarlo por entero, al te quiero de una madre, al piropo a la mujer gaditana, a su Caleta, a su barrio, a Cádiz y… puestos a soñar; desde las tablas del escenario de nuestra casa de ladrillos coloraos.

Una historia de colorido, disfraces y coplas; cuyo origen, posiblemente se pierda en la antigüedad de los tiempos. Un carnaval, en el que figuras tan gaditanas y de merecido renombre, como fueron y continúan siendo recordados, nombres como: Antonio Rodríguez Martín “El tío la tiza” y Manuel López “Cañamaque”; han sido y son considerados verdaderos artífices.
Gaditanos de pura cepa, y preocupados de que algo tan típico y arraigado en este Cádiz cuna del carnaval, perdurase a través de los años. Antepasados que gustaban de disfrazarse y participar en sus agrupaciones. Autores y agrupaciones que dejaron huella por el éxito obtenido y que ha día de hoy continúan en nuestro recuerdo, gracias a las actuales agrupaciones, preocupadas siempre de hacerles un sitio entre sus coplas, como una condición más del respeto y admiración, que después de tantos años les continúa brindando su Ciudad.

Al hablar de personas tan importantes y queridas, es obligado hacer mención de los que hicieron posible, que aquel carnaval prohibido a raíz de la guerra civil, empezase a hacerse nuevamente realidad. Un carnaval latente en el sentir del pueblo gaditano y necesario rescatar; aunque para ello tuviesen que disfrazarlo como así ocurrió, con el apelativo de “Fiestas típicas gaditanas”. Nombres como: José Macías Retes, Joaquín Fernández Garaboa y la ayuda imprescindible del entonces gobernador Provincial D. Carlos María Rodríguez de Valcárcel; que hicieron posible, apoyándose en el dolor que invadía al pueblo gaditano, como consecuencia de la reciente y nefasta tragedia de la explosión de 1947; la petición al gobierno de la época, para que permitiese ante la necesidad de un estimulo que, ayudase a levantar el ánimo a todo un pueblo. Retomar con ciertas privacidades la participación de las agrupaciones.

Así nacieron, como bien apuntaba anteriormente las “Fiestas típicas gaditanas”. Un carnaval disfrazado, que poco a poco fue fraguándose su regreso, hasta llegar a lo que siempre el pueblo deseó, el carnaval de febrero.
Hoy seguimos “disfrutando del carnaval”, y lo hago constar entre comillas, por tratarse de un carnaval que a pasos agigantados se está convirtiendo, en uno de los más grandes macro botellones que podamos imaginar; algo que se percibe en el malestar de muchísimos gaditanos.

Las calles ya no lucen, la típica alfombra de papelillos y serpentinas. Esta alfombra se ve hoy embadurnada y empapada con la cerveza y la manzanilla derramada, las botellas vacías, los vómitos y el inconfundible y nauseabundo olor a orina, que invade cada una de las esquinas y entradas de los edificios, parques y jardines.

Al carnaval, le ha salido más que una aliada, una detestable enemiga, a la que bien podíamos bautizar como “Bacanal”. Es tal la confusión a la que nos lleva hoy esta mezcla de carnaval-bacanal, que sería hasta lógico empezar a pensar en una pareja que le hiciese compañía al “dios Momo”, y a su vez, fuese la representación, de la verdadera razón que mueve y persigue ese desenfrenado grupo de personas, incapaz de imaginar la fiesta sin atiborrarse de alcohol. Tal como están las cosas, se me ocurre de manera lastimosa y apesadumbrada, que nada mejor que la figura del “dios Baco”.

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