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Artículo de Opinión

17/12/2009

SIN TECHO, PERO PERSONA.

Posiblemente haya nacido en el seno de una acomodada familia, o quizás en el umbral de la pobreza. Como quiera que sea, a día de hoy tanto las sábanas como el lecho sobre el que pretende descansar y abrigarse, no reúnen los mínimos requisitos exigidos por cualquier ser humano con los que poder defenderse de las bajas temperaturas, ni tampoco le alcanzan los tan conocidos esfuerzos realizados por el área para la igualdad y bienestar social.

 

Por si fuese poco, cuando nos encontramos a alguno de ellos recostado sobre unos cartones, en una acera, o al abrigo de algún porche o soportal de algún cajero automático; refugiándose de las duras inclemencias del tiempo. Posiblemente en vez de ayudarle mínimamente, le critiquemos su comportamiento, aún a pesar de ver que este dormido, o simplemente pidiendo una mínima ayuda.

 

Nos molesta y estorba su mera presencia y damos un rodeo para esquivarle, al tiempo que en más de una ocasión le tachamos con nuestra simplona y despreciativa manera de pensar, de borracho, drogadicto y vagabundo. Calificativos que empleamos y que solo el hecho de pronunciarlos le pondrían los bellos de punta a cualquier persona con una pizca de sentimiento humano. Pecamos de imprudentes a la hora de calificar y juzgar, sin importarnos y mucho menos pararnos a pensar,  en el porqué de su deplorable situación. La verdad es que son infinitas y variadas. Pero bajo ningún concepto se merecen ser criticados, detestados ni repudiados. Una persona podrá perderlo todo, pero nunca perderá su condición de ser humano, razón más que suficiente para ser merecedor de ese mínimo respeto.

 

Deberíamos tener en cuenta, que bajo la aparente imagen de un indigente, de un individuo desaliñado, puede hallarse el resultado de las malas pasadas que nos juega la vida; de los inesperados infortunios, del abandono familiar. De tantas y tantas penalidades, que me resulta fácilmente creíble el hecho de que no queramos perder el tiempo en detenernos a pensar en la biografía de dicho personaje.

 

De cualquier manera, puedo aseguraros que se trata de una persona arrastrando y nunca mejor dicho un sin fin de problemas, que desgraciadamente martillean su mente sin cesar. Los mismos con los que se acuesta y se levanta día tras día.

 

Cuando llega la Navidad, ésta nos contagia como si de un virus se tratase, invitándonos a ser más humanos; como si esas fueran las fechas en las que nos corresponde comportarnos como personas sensibles y tolerantes. Sin embrago, somos las mismas que durante los restantes trescientos cuarenta y cinco días del año, llamamos y calificamos a diestro y siniestro a nuestro aire y antojo. Algo que nos ocurre cuando nos tropezamos un... ¿Sin techo o Borracho? A muchos de los que presumimos de “jueces”, nos da igual, que importa el calificativo cuando se trata de semejantes individuos.

 

Siento miedo al desconocer mi destino, miedo de poder terminar siendo uno más, miedo del desprecio y de la pasividad con la que les tratamos, miedo de ese grupo al que todavía hoy pertenezco y que de una manera injusta e intolerante, pueda comenzar a llamarme Borracho y se niegue a darme esa moneda que ha día de hoy me sirve para “sobrevivir”

 

Sería bueno que reflexionásemos y comenzásemos a practicar cuando menos la tolerancia, ya que de alguna forma se considera propiamente dicho, una característica más entre las diferentes condiciones que por razón de ser, distinguen al ser humano. Algo que conjuntamente con la humildad y honestidad, dan como resultado los principales pilares sobre los que sentar las bases de todo aquel que se digne llamarse bien nacido.

 

Por cada año que pasa, por cada Navidad que comparto, mayor es la pena que me invade, al comprender cada vez mejor, la razón por la que Jesús nació en un pesebre. 

 

 

Andrés Rubido García

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