Artículo de Opinión
09/09/2009Desde Chiquititos
Los últimos casos de violencia ejercida entre menores vienen a confirmar que el sistema naufraga. No es algo nuevo, aunque el tinte dramático de los casos de Isla Cristina, Baena, Pozuelo de Alarcón hayan hecho saltar todas las alarmas del morbo mediático nacional.
Lo fácil es cargar sobre los menores, sobre la juventud, su falta de valores y sin lugar a dudas, dejarnos llevar por la lógica rabia que producen los hechos, implorando dureza y medidas más contundentes.
La sociedad como conjunto no debe, ni puede actuar por venganza, rabia o impotencia, sentimientos, que por otra parte son comprensibles en las víctimas y sus familiares.
Pienso que los hechos nos obligan a recapacitar sobre su origen, pero no sólo desde una perspectiva punitiva e inmediata, sino coherente con las conclusiones de una reflexión colectiva. Los temas legales, los dejo para los legisladores y quienes son responsables de la aplicación de las leyes, así como la corresponsabilidad de quienes tienen también la obligación de proveerles de los medios suficientes para poder hacer eficaz su trabajo.
Si bien es cierto lo que vengo escuchando, incluso de forma reiterativa y manida, que estamos ante “una autentica crisis de valores”, no es menos cierto que los “valores” en los adolescentes y preadolescentes, no les vienen dados por “lenguas de fuego” ni por “ciencia infusa”. Los tan nombrados “Valores” se construyen, son consecuencia de un trabajo arduo y colectivo.
En el proceso de construcción, de creación de dichos “Valores”, intervienen herramientas tan necesarias como la disciplina (tanto física como emocional), que impone límites y enseña que las acciones o inacciones tienen consecuencias, y el ejemplo como referencia, que es fundamental en nuestros hijos.
Sí amigos, el ejemplo es un elemento básico, y el uso adecuado nos corresponde a nosotros. A nosotros como sociedad, una sociedad vertebrada por la ley y por unas instituciones que deben de ser ejemplarizantes, tanto en su acción como en apariencia.
En consecuencia, dichas herramientas necesitan de unos protagonistas que los desarrollen e implementen. Protagonistas principales somos todos: Parlamento, Gobierno, Padres, Educadores y Agentes sociales, pero unos con más responsabilidad que otros, porque a unos corresponde proveer a los otros de los medios y la capacidad para poder llevarlos a cabo, insisto.
Los padres y educadores, son referencias obligadas. Necesitadas de una reposición de su figura como autoridad, desposeída y usurpada en algunos casos, por un excesivo intervencionismo normativo.
Sin la participación y el nivel de influencia adecuado por parte de cualquiera de estos protagonistas y elementos, nos será muy difícil la transmisión de esos “Valores” de los que tanto hablamos, pero que nadie tiene claro cuales son.
Establezcamos pues, los criterios claros, sin complejos, dándole el lugar que corresponde a cada uno, y entonces estaremos en el camino correcto. Sólo con leyes más duras, estaremos parcheando de forma hipócrita y facilona algo que nos puede pasar una factura demasiado alta.
Una factura que acabaremos pagando todos de una u otra forma. Gobierno y oposición tienen que dialogar, sentar las bases para un consenso nacional, un acuerdo que vaya más allá de meras reformas legales (por cierto, que también urgen).
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