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Mitos y realidades sobre el alcohol
Memorias ARCA 2008
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ALCOHOL E INTEGRACIÓN SOCIAL VERSUS ALCOHOLISMO Y EXCLUSIÓN SOCIAL

 

Por Doña Ana Estrada Piña  (Diplomada en Trabajo Social)

Uno de los aspectos más característicos de nuestra cultura mediterránea es el vino, así como el alcohol en general, presente en todos los acontecimientos importantes de nuestra vida (bodas, comuniones, reuniones sociales y de amigos/as, etc.), así como en nuestro día a día. Este elemento cultural está disponible para todos/as, incluso para los más jóvenes, ya que a pesar de las prohibiciones la edad media de inicio de consumo semanal se sitúa en los 14,9 años. Este consumo tan prematuro tiene un origen multicausal, y en él intervienen factores macrosociales, como la accesibilidad a la sustancia, la aprobación social, la publicidad y la asociación del alcohol con el ocio; factores microsociales, como estilos educativos inadecuados, falta de comunicación y clima familiar conflictivo, consumo familiar de alcohol e influencia del grupo de amigos/as, y por último, factores personales, como la desinformación, las actitudes favorables para el alcohol y los déficits y problemas de los adolescentes. A pesar de que todos estos factores son relevantes, no todos ellos tienen porqué ser determinantes en el inicio al consumo de un adolescentes, pero si bien es cierto que existe un factor clave común para todos, la influencia del grupo de amigos.

 
            La pandilla es un marco de referencia muy importante para el grupo de edad que nos ocupa, ya que ayuda a los adolescentes a afianzar su identidad frente al mundo adulto y satisface una de las necesidades establecidas por Maslow, el sentimiento de afiliación o pertenencia a un grupo de iguales. La probabilidad de beber aumenta considerablemente si el adolescente se integra en un grupo que consume alcohol, por influencia indirecta del modelado de los compañeros o directa de la presión del grupo al incitar a la bebida mediante invitaciones explícitas. De esta manera el alcohol se está convirtiendo en un instrumento a través del cual los jóvenes se sienten plenamente integrados en su grupo de amigos, ya que si todos beben, ¿qué dirían si uno se niega a hacerlo? ¿Le tratarían de la misma forma que al resto?
 
            En la actualidad se da un fenómeno bastante curioso, y es que el alcohol por una parte, como ya he venido diciendo, tiene una gran aceptación social e incluso en ocasiones ejerce funciones integradoras, como en el caso de los jóvenes, pero, ¿que ocurre si una persona comienza a beber más de “lo normal”? Por mucha información que se haya difundido, aún se achaca el abuso de la sustancia a la falta de control de la persona, porque claro, es que “no sabe beber”, construyéndose todo un estigma social en torno a ella. Mientras que en un determinado momento el alcohol nos sirvió para desinhibirnos, facilitarnos las relaciones, sobre todo a los más tímidos, y conseguir mayor aceptación por parte de un grupo, en otras circunstancias el abuso de esa misma sustancia puede llevarnos hacia todo un proceso de marginación social. He aquí una peligrosa arma de doble filo.
 
            Quisiera hacer mayor hincapié en esa “necesidad de no beber más de lo normal” o tal y como dice el eslogan “beber con moderación”, y es que la sociedad en general y los jóvenes en particular consideran que pueden controlar el consumo de alcohol, pero ¿dónde está el límite y la moderación? Según dicen, el que juega con fuego se quema, y por mucho que sigamos intentando negarlo, el alcohol es una droga, y como tal, su abuso puede generar una situación de dependencia, acompañada de múltiples consecuencias a nivel biológico, psicológico y social.
 
            Las consecuencias del abuso del alcohol a nivel social son las protagonistas de las siguientes líneas, y una de ellas ya fue citada con anterioridad, se trata del fuerte estigma que portan las personas alcohólicas objeto del rechazo de buena parte de la sociedad. Lejos de que ésta sea la única consecuencia a nivel social, el alcohol ejerce una influencia atroz sobre los dos pilares fundamentales en los que se sustenta la integración social, el empleo y las redes de apoyo.
 
            Ciñéndome al primero de ellos, he de aclarar que las repercusiones que el consumo de alcohol produce en la población laboral inciden tanto en los trabajadores como en la empresa. En cuanto a las consecuencias para el trabajador, podría destacar los problemas de relación con el resto de compañeros, con conductas de agresividad verbal o física; problemas de salud, con las alteraciones orgánicas típicas propias del alcoholismo, lo que da lugar a un mayor número de absentismo laboral y a la mayor cantidad de ILT (Incapacidades Laborales Transitorias); disminución del rendimiento, y por último, los accidentes, tanto de tráfico en los trayectos de casa-empresa, como de trabajo dentro de la propia actividad laboral. En cuanto a las consecuencias para la empresa, por una parte está lo que la empresa deja de ganar o la pérdida de productividad. Esto puede estar relacionado directamente con los efectos del alcohol sobre el individuo, con pérdida de rendimiento, fatiga y paradas repetidas, o deberse a razones indirectas, al interferir en el trabajo de los demás con sus cambios de carácter y conflictos dentro del propio lugar de trabajo. Además el  absentismo laboral de una persona alcohólica es tres veces y medio superior a la media y las paradas en el trabajo 1,5 veces mayor a la del resto de compañeros. El coste del alcoholismo por esta disminución de la productividad se acerca al medio billón de las antiguas pesetas al año. En el otro extremo está lo que empresa y sociedad se gasta debido a los problemas de salud y absentismo ocasionados por el consumo de alcohol. Ello viene acompañado de un mayor gasto sanitario y social, asociado a ILT y jubilaciones anticipadas (triplica el gasto por seguro de enfermedad que el resto de empleados).
 
            El segundo de los pilares de integración social que se debilita a causa del consumo de alcohol  son las redes de apoyo, y en concreto la familia. A lo largo de la historia la familia ha sido la institución protectora por excelencia, sin embargo el modelo de familia tradicional está sufriendo muchas transformaciones en la sociedad postindustrial (menor número de hijos, inestabilidad matrimonial, incorporación de la mujer al mercado de trabajo, etc.) que han provocado una disminución de su capacidad protectora. Esta gran transformación a nivel estructural tiene repercusiones directas sobre las familias con miembros alcohólicos, en la medida que son más débiles para soportar las fuertes tensiones y conflictos que el consumo de alcohol acarrea, por lo que la probabilidad de ruptura es, por desgracia, bastante elevada. 
 
            Siguiendo a Robert Castel, me atrevo a afirmar que las consecuencias que el alcohol ejerce sobre el empleo y las redes de apoyo pueden encaminar al individuo hacia todo un proceso de exclusión social o desafiliación. Este autor apuesta por la fuerte influencia que pueden tener unos sucesos sobre otros, estableciendo una correlación entre la situación laboral y la participación de las redes de sociabilidad, que dará lugar a lo que metafóricamente denomina una de las “zonas de cohesión”, distinguiendo entre la zona de integración, de vulnerabilidad y exclusión o desafiliación. No cabe ni decir que lo ideal para la vida en sociedad es estar integrado en la zona de inclusión, que se caracteriza por la estabilidad, tanto en el ámbito laboral, como relacional, pero además nos proporciona sentido vital y un lugar o status en la sociedad de la cual formamos parte, y también porqué no destacar que existe gracias a que el individuo forma parte de ella. Por su parte, la zona de vulnerabilidad se caracteriza por la precariedad que sufre el individuo en las dos dimensiones fundamentales de la integración social a las que vengo haciendo referencia, el empleo y las redes de apoyo. Esta zona esta situada en una posición estratégica, en la medida que es donde se produce el debilitamiento del bienestar social y la transmisión hacia la exclusión. Finalmente aquellas personas que estén excluidas del mundo laboral y además carezcan de relaciones sociales, estando en situación de aislamiento social, pertenecen a la zona de exclusión o desafiliación.
 

 
 
Zona de inclusión
 
Trabajo estable
Red familiar y social sólida
Zona de vulnerabilidad
 
Precariedad laboral
Fragilidad en los soportes familiares y sociales
 
Zona de exclusión/desafiliación
 
Ausencia de trabajo
Aislamiento social
 

Tabla 1. Zonas de cohesión social. Fuente: Castel, 2004
 
                A pesar de la utilización de indicadores que transmiten rigidez en la clasificación, he de aclarar que lejos de una situación estable, la exclusión social es fruto de un largo procesoen el que intervienen diversos factores negativos que se retroalimentan. Este fenómeno nunca podría iniciarse por una sola causa, y en él los problemas están relacionados y mutuamente reforzados. A pesar de que las dificultades en el empleo o la falta de éste, y la fragilidad de las relaciones familiares o incluso la ausencia de éstas son los dos grandes detonantes que inician el proceso de exclusión de una persona alcohólica, he de mencionar la existencia de otros factores que pueden acelerar el proceso, tales como: factores personales, que hace referencia fundamentalmente al género, pues una mujer alcohólica tiene mayor estigma social que un hombre alcohólico; factores culturales, como el nivel educativo bajo, las dificultades para adaptarse a las nuevas tecnologías o la pertenencia a grupos sociales y/o culturales minoritarios, y factores sociales, como el hábitat en entornos ecológicos segregados o la falta de alojamiento.
 
            Efectivamente una persona puede llegar a quedarse sin trabajo, sin familia, sin casa, incluso sin estima propia, hundida en la situación más extrema de exclusión gracias al alcohol, la misma sustancia que años atrás le permitió sentirse más integrado en su grupo de amigos/as, simple y sencillamente me parece muy curioso pero sobre todo muy contradictorio.
 
 
 
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